
Desde pequeño he escuchado una frase que me ha marcado y es por la ironía que desprende ésta. La frase es: “uno no sabe lo que tiene hasta que lo pierde”. Al principio lo veía con mis juguetes, cuando ya no los tenía era cuando quería jugar con ellos. Después cuando fui creciendo esa frase se fue acomodando a cosas, personas, instituciones. Así fue que me dio duro salir del colegio, ver como personas se iban de mi vida y como se dañaron algunas cosas que tenia. ¿Pero por que ocurre esto? ¿Por qué no valoramos las cosas cuando las tenemos, sino en cambio lo hacemos cuando las perdemos? Al analizar un poco en esta cuestión he llegado a la conclusión que es un proceso progresivo. Al principio valoramos, cuidamos, nos sorprendemos por las cosas, pero a medida que pasa el tiempo se nos va quitando el encanto , vamos perdiendo las ganas, se pierde el sentido hasta tal punto que ya no nos importa. Así sigue un buen tiempo, en un callejón sin salida, en un ciclo vicioso en el cual cada vez es más grande el sin sentido. Esta situación ocurre por un buen tiempo hasta que por fin por cualquier motivo perdemos lo que teníamos. Ahí es cuando por fin decimos que amábamos estas cosas, que las valoramos, que triste que sea justo cuando las perdemos, y es así porque nos dejan un vacio, ocupaban un espacio en nuestras vidas y nos dejan de pronto desamparados, sentimos que estamos desorientados y que no sabemos que hacer. Que irónico es que justo cuando se van es cuando concientizamos el verdadero valor, la importancia que tenia para nosotros. Ahh que pereza que la mayoría de veces sea ya muy tarde y como dice otra gran frase “no hay que llorar sobre la leche derramada”, es decir no podemos cambiar el pasado, ya lo que paso, paso y todo es consecuencia de nuestros actos.
Pero todo no es negro, se puede evitar que pase esto. La raíz del problema es cuando empezamos a desencantarnos de lo que tenemos, cuando dejamos de sorprendernos y de maravillarnos por lo que nos rodea. Hay que evitar la costumbre y ser humildes, dejar el orgullo y aceptar y comprender las falencias, pero al tiempo reconocer lo importante que es cada cosa que tenemos. Vivir siempre al cien, amar sin reserva todo, en el momento que es, no cuando ya no es, por simple que sea y que no lo amemos después de que haya pasado por remordimiento de no haberlo valorado. Regresemos a nuestra infancia, para ver cada instante como algo nuevo, como algo mágico, esa es la solución. No demos nada por sentado sino que dejemos que la vida nos sorprenda y hagamos el esfuerzo de maravillarnos.
¿Para que valorar las cosas cuando ya no están?
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