Y de repente tenía frío y no era su culpa en realidad, era una mañana nublada, en la que la humedad del rocío inundaba el ambiente; el estaba allí en la misma esquina en donde había pasado tantas mañana esperando. ¿Y qué esperaba? Esperaba el bus que lo llevaría como todos los días a su lúgubre trabajo. Solo había algo diferente en esa mañana, la espera se había prolongado más de lo normal. Quizás había un embotellamiento unos metros antes o tal vez el conductor se había despertado unos cuantos minutos tarde; él simplemente no lo sabía, solo se dedicaba a esperar. Bendita ignorancia, ansiedad alocada que lo carcomía por dentro; de repente y sin ningún aviso el desespero se apodera de él subiendo por su espina dorsal a modo de corrientazo eléctrico. Y fue ese desespero, combinado con la ignorancia, sumado ala fría humedad lo que lo llevo a tomar aquella decisión sin retorno... el simplemente quiso cruzar la vía... el real culpable... lo que realmente lo mato fue la odiosa humedad.
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