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domingo, 27 de julio de 2025

Un llamado no respondido

Estoy sentado en un bus, en un viaje que durará muchas horas. Estoy preparado para esta situación: traje todos los anestésicos posibles para dormir mi consciencia y mi mente durante las próximas horas. Tengo mi celular, en el que descargué varias películas; también tengo algunos pódcasts para safarme de esta realidad. Y si todo eso no es suficiente, tengo acceso a redes sociales, en especial a esas que muestran videos cortos.

Qué curioso que ahora le huya al aburrimiento. No es que antes lo abrazara o que me encantara estar aburrido, pero en el pasado no tenía muchas opciones para huir de él. La vida ha cambiado un poco. En mis años mozos, para evitar estar a solas con mi mente, me dedicaba a leer, caminar en círculos o simplemente ver televisión. Cuando esas actividades no bastaban para narcotizar mi mente, el aburrimiento entraba en acción, y mi mente, con sus mecanismos de defensa, encendía la creatividad. Era entonces cuando me daba por reflexionar sobre mi vida, ahondar en cómo estaba viviendo, o también analizar la forma en que la sociedad funcionaba. Como segundo mecanismo, se me encendía el bombillo del romanticismo y me ponía a escribir un poco de poesía.

No puedo evitar mirar hacia atrás y darme cuenta de que hace mucho tiempo no escribo ni un poema ni un ensayo. Es fácil culpar a lo externo, pero la verdad es que debo reconocer que hoy estar distraído es más fácil que nunca. Los métodos para robar nuestra atención y evitar el aburrimiento son muchos, y además están diseñados desde el mercadeo y la psicología para atraparnos y generarnos cierta adicción. Hay tantas opciones que incluso pueden volverse contraproducentes para nosotros mismos: pueden hacernos sentir agobiados o culpables si tomamos decisiones de las que luego podríamos arrepentirnos.

¿Cuál es el fetiche de la humanidad por matar el aburrimiento? No sé si es algo sistemático, pero en realidad nos estamos pegando un tiro en el pie. Caminamos hacia un futuro en el que la creatividad morirá del todo: por un lado, porque ya no tenemos momentos en los que se nos exige pensar, y por otro, porque hemos creado herramientas que creemos que pueden pensar por nosotros y de las que nos volvemos cada vez más dependientes.

Pregúntate en este momento: ¿cuándo fue la última vez que escribiste algo sin la ayuda de la inteligencia artificial?

¿Qué quedará entonces del ser humano? ¿Simplemente un cascarón con un cerebro atrofiado? ¿Qué será de nosotros si ya no nos sentamos a pensar, si ni siquiera cuestionamos nuestras vidas o el modo en que nuestro mundo se está volviendo cada vez más polarizado y desalmado? Yo creo que esto último también es parte de esa evolución social en la que dejamos cada vez más las decisiones y los procesos cognitivos en manos de un tercero.

Este pequeño escrito tiene como finalidad ser una especie de grito en la oscuridad, un llamado a una revolución personal en la que aceptemos un poco el aburrimiento y nos desconectemos de todos los aparatos que nos roban nuestros procesos mentales. Esta revolución no debe entenderse como una postura tecnofóbica. De hecho, soy un ferviente defensor de que necesitamos soluciones tecnológicas para muchos de los problemas del mundo. Pero también soy consciente de que, por sí solas, las soluciones tecnológicas no bastan.

En este caso, quiero hacer un llamado a que, como personas, busquemos siempre la libertad y el aprendizaje continuo. Si hay algo que te esté quitando alguna de estas dos cosas, entonces necesitas repensar cómo lo estás usando o cambiar algún hábito en tu vida.

Te lo digo porque, al final, lo único que te pertenece y te hace un individuo es tu pensamiento.

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