19 de Octubre de 1945 - 31 de Agosto de 2008
Escribo estas palabras motivado por el miedo a caer en el olvido, a pasar de la existencia a la no existencia, a nunca haber estado en un espacio-tiempo. Al reflexionar, podemos concluir que uno de los errores de la sociedad colombiana es olvidar lo que nos pasa. La generación actual no tiene ni idea de las batallas que hicieron de nuestro país una nación libre, de las guerras surgidas por la polaridad de dos partidos, de por qué existe la guerrilla, y de las causas de muchas situaciones actuales en Colombia. Una frase de mi padre siempre me ha marcado: "Nos pasa lo que nos pasa por ser criollos, una mezcla de varias culturas pero al mismo tiempo sin una identidad definida". Creo que tiene razón. No tenemos historia ni cultura propia, y la que hemos construido la botamos al olvido.
El olvido es el causante de grandes problemas actuales: permite que ocurran atrocidades, que salgan presos de la cárcel, que se repitan sucesos increíbles, que ocurran corrupciones en el Estado, y que se reelijan políticos que han hecho una mala labor. El olvido echa por la borda toda una vida de grandes logros, mata el recuerdo de personas y organizaciones que dejaron huella en este país. Olvidamos esto fácilmente en un país donde la muerte se puede comprar y llevar a domicilio con el sicariato, donde los que tienen poder político cierran organizaciones porque no les conviene. Todo esto se hace con el único propósito de silenciar a alguien que estaba tratando de salir adelante, porque en Colombia sufrimos de una extraña alergia al cambio, a la paz, a vivir en armonía.
Esta pequeña introducción es para hablar de uno de los momentos más difíciles para cualquier ser humano: afrontar un duelo. Cuando esto ocurre, un sentimiento de desmotivación, melancolía, tristeza, desesperanza y desasosiego invade el corazón. Aunque soy relativamente joven y solo he vivido una cuarta parte de lo que tú viviste, llegué a apreciarte profundamente. Quiero darte un reconocimiento, dejar testimonio de que exististe, que fuiste importante, y que este escrito quede como prueba de que en algún momento de la historia estuviste aquí y que no pasarás al olvido así nada más. Quizás me tachen de loco por escribir todo esto solo porque cerraron un restaurante, pero para mí, este negocio significó toda una vida de esfuerzo y sacrificio de mi abuelo. En un sentido más profundo, este escrito está más dedicado a la vida de mi abuelo que al restaurante El Reposo. Es triste no dejar vestigio de este lugar, ya que era un tesoro de recuerdos y tradiciones, de una época en la cual se empezó a declinar la cultura paisa, en la que el progreso cambió al arriero por el ejecutivo de cuello blanco, y el atuendo típico del paisa por el de un cachaco. Todo en nombre del "progreso".
Me parece patético y decepcionante ver cómo desaparecen las tradiciones, cómo nuestra sociedad actual no valora el patrimonio e historia que heredamos. Como vivo en Medellín, tomaré a su población como ejemplo, pero esto se puede generalizar a todo el país, ya que es un fenómeno producto de la globalización y de la “apertura económica” del país. La población de Medellín se ufana de pertenecer a “la raza” paisa, pero ¿somos realmente paisas? Muchos, no perdón, casi la mayoría diría un rotundo ¡sí!; duele contrariarlos, pero la cruda realidad es un frío ¡no! No somos en lo más mínimo parecidos a nuestros ancestros. La ideología actual de lo que es un paisa se basa en cómo nos vestimos. En eventos como la feria de las flores nos disfrazamos de paisas, creyendo que por vestirnos de carriel, machete, poncho y sombrero ya somos auténticos paisas, y estamos muy engañados. Nos hemos nublado los ojos y no queremos ver lo más importante. Como dice El Principito, “lo esencial es invisible a los ojos”. Ser paisa no es un disfraz, es un estilo de vida, una forma de pensar y actuar.
De esta “raza” nos quedó un vestigio de sus logros: la pujanza, templanza, fuerza de voluntad, perseverancia, buenos trabajadores y negociantes. Todo esto quedó consignado en la construcción de ciudades en los territorios más escarpados y remotos de la geografía colombiana. También nos quedó el “amor por lo propio”, que se ha transformado en un regionalismo absurdo y sin sentido, creyéndonos lo mejor del país y menospreciando a los demás, especialmente a los bogotanos. ¿Qué pasa? Querer lo propio es importante, pero el regionalismo exacerba la fragmentación del país, ya polarizado entre izquierda, derecha, grupos armados ilegales y el gobierno, creando resentimientos estúpidos que fomentan una “xenofobia” interna.
En tiempos de nuestros abuelos, los negocios se cerraban con un simple apretón de manos, porque la palabra tenía valor. Hoy en día, ni siquiera firmando un papel se puede garantizar que se respetarán los acuerdos. La tradición murió y no nos dimos cuenta, ni siquiera asistimos a su entierro. ¿Qué nos queda del "progreso"? Si miramos a los países europeos, vemos que valoran y conservan su arquitectura histórica, mientras que nosotros hemos vendido nuestra identidad a los gringos, construyendo edificios altos para parecernos a las grandes metrópolis. Hemos perdido nuestras tradiciones y nuestra arquitectura colonial en una ansia de parecernos a la cultura del norte. Nuestras comidas típicas han sido invadidas por otras, y muy pocas personas sabrían decir qué es una comida típica de su región.
Amigos, les dejo como reflexión la necesidad de buscar nuestra cultura, de reconocer que somos una mezcla de razas y que somos criollos. Reconozcamos nuestra multiculturalidad y tengamos sentido de pertenencia. No dejemos que nos roben lo que es nuestro. No seamos solo “paisas” en la feria de las flores, seamos auténticos paisas todos los días, honrando lo que nos dejaron nuestros ancestros. ¿En qué ciudad quieres vivir, en la tuya o en la que otros quieren que vivas?
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